La Toche cantaba
y reía.
Decía la Perita
que se daba cuenta
a qué hora se despertaba,
porque al levantarse
de la cama
era lo que hacía
cantar.
Y fué la Perita
quien así la bautizó
porque en Pasto
le llaman toche
a un pájaro cantor.
Recorría el corredor,
bajaba las escaleras
y hasta llegar a la cocina
callaba su canto;
lo hacía para saludar.
Buscaba entonces
con sus ojos grandes
la sonrisa de todos,
era el mejor saludo
hacia ella
y era sobre todo, esto
lo que la hacía feliz
lo que la hacía cantar.
Se había creído
que la vida era eso,
hacer reír,
con sus gracias,
con su risas,
con su canto,
y era el papel
en la comedia
de su vida.
Era la mejor actriz
aunque a veces
no la elogiaran
porque no se
tomaba en serio
la vida.
Y a cambio la reñían
sin que ella comprendiera
los cambios de humor
de los adultos,
por eso la parte
que en todos buscaba
era la del niño,
así era más fácil
compartir con ellos
porque para ella
el adulto no era
bueno,
el adulto no reía.
era adusto, frío
demasiada disciplina.
La Toche era una niña
que aún no comprendía
la tristeza,
para su forma de ser
era algo que no concebía.
Ella despertaba a la vida,
con la libertad
y desparpajo del infante
que no pide permiso
para reír, cantar
o hacer sus travesuras.
Con los días
y aún más con los años
su alegría se volvió
amargura,
porque entonces
comprendió que era verdad,
que la vida
como decían los adultos,
era algo muy serio.
Así se lo enseñaban,
y no con palabras
sino con circunstancias
fuertes, duras y frías,
como aquella casa grande,
de donde fueron
marchando uno a uno
todos los que quería.
Hasta que un día
también se fue la Toche
y cesaron los cantos
y se volvieron llantos
de los tíos,
de los primos,
de todos
los que la despedían.
Cada año volvía
con la alegría
que da ver a la familia,
recorrer su Pasto
degustar sus comidas,
pero llegaba aquella parte
dura de "amargos adióses"
y su hermana le decía :
"Te vas...
es lo que siempre haces" .
Se volvieron rutina
los adióses,
los llantos,
y se tornaron tristes las partidas.
Se ampliaron
las distancias
la visitas,
y se perdió la Toche
los mejores momentos,
los adióses eternos,
la fiestas, las alegrías,
los abrazos, los besos
que no se acumularon
para cuando ella
volvía.
Todos se perdieron
y fueron a parar
al lugar donde
jamás se recuperan,
al cesto del olvido.
También se olvidaron de ella,
y cuando volvió
ya no la conocían,
era extraña en su tierra,
extraña en su familia,
entonces comprendió
que las despedidas
se hicieron tan profundas
como las heridas,
y cuando se sanaron
ya no se abrirían
como jamás los brazos
de hermanos, primos y tías.
Muchos ya se han marchado
de la primera fila,
se fueron para siempre
los que la recordaban
se han ido de su vida.
Ya nunca habrá más besos
ni abrazos.
Así habrá llegado el día
que ninguno la despida,
para los que quedan
es una desconocida.
Es el precio del que
se va del nido,
en busca de otra vida.
martes, 23 de marzo de 2010
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