Cómo quisiera tener
su conocimiento y cultura,
pero sobre todo su sabiduría.
Alguna vez a sus 80 años
la vi descansando,
me llamó la atención
porque era raro en ella
la inquieta, la incansable;
nueve hijos tenía
y decía que el rosario
era incompleto
porque el suyo era solo
de nueve Ave Marías.
Nueve que rezaba
para pedir al cielo
y multiplicaría sus rezos
porque le dieron nietos,
y bisnietos tendría.
Con manos delicadas
peinaba a sus tres niñas,
las primeras,
colocándoles cintas,
moños de terciopelo,
las propias de ésos tiempos.
Lolita, su compañera
su Toche que cantaba
lo que ella callaba,
y su Nonoy, (como la toche la llamaba).
Sus tres muñecas a las que
los más bellos trajes cosía;
luego llegaría el niño
el travieso, su Javito.
y después vendrían cinco,
Miguel, Alvaro, Ana,
Olga y su Pancho,
así serían sus nueve
por los que viviría,
y también moría.
Esas manos tan suaves
fuertes se volverían
para soportar el peso
de una gran familia
por la que trabajaba
en todo lo que podía.
Era hermosa, elegante
era graciosa,
piadosa como ninguna,
su gran amor al "Padre",
nos legaría,
y a Él yo la enviaba
a pedir por sus nietos,
mis hijos,
a los que ella adoraba.
Los ayudaba a todos
y cada día se obraba
en ella el poder
de la olla milagrosa
porque preparaba para tres
y comían todos los que
llegaban
y se multiplicaban
casi hasta veinte.
No sé si ella comía,
eso pasa con las madres
que lo dan todo,
o hacen la vista gorda
o se engordan de vista.
Siempre le pedí más
de lo que ella podía,
le pedí el cariño
que me faltó de niña
y el que de grande
me correspondía.
Quizá lo hicimos todos
pues le dimos muy poco
y le pedimos demasiado,
pero su alma y su corazón
con todo esto,
y aún más resistía.
Era tierna, era dulce
era hermosa...
Todo lo sabía.
Si, las madres tienen
esa cualidad divina.
Era hermana y fue madre
también de sus hermanos
que perdieron la madre
en su tierna vida,
por eso la adoraban,
por eso la querían,
era la Matildita.
Ahora todos la ayudaban
porque su labor
ahora se multiplicaría,
hacía de madre, de abuela
ya no eran sólo nueve hijos,
eran más de veinte sus nietos,
y con ellos sus hijos,
que sumaban diez bisnietos.
Cada día hacia el via-crucis
de estación en estación
visitando a cada uno,
interesándose por lo que les faltaba
y dando un poco
de lo que a ella le daban.
Una de mis hermanas
me preguntó una vez :
¿cómo es mi madre?,
vivió poco con ella
y no la conocía.
Le dije : es la más bella mujer
y más hermosa su alma
que derrocha amor
y conocimiento
que tiene la respuesta
propia de la sabiduría
que da Dios a las madres;
y el amor a una Virgen
que es su Madre María,
a quien todos los días
le pedía por los suyos
y volvía de la Iglesia
cargada de esperanza
y llena de alegría,
con la certeza del que tiene
puesta en Dios su confianza.
Su dulce fortaleza
la hacía más vigorosa
recorriendo las calles
del barrio del Obrero
donde ella era pionera,
en conseguir sustento,
en vivir del milagro,
y en salir siempre airosa,
aún sin tener dinero.
Era hermosa,
era tierna y grandiosa,
¡era mi Madre!.
Cuánto, cuánto la quería.
Una vez de niña se fue de mi lado
yo lloraba buscando a mi madre
que no volvía,
entonces,
llegó una mujer diciendo
que me fuera con ella
que me llevaría
donde estaba mi madre,
salí de su mano, era una conocida,
llegué a una casa extraña,
y mi madre no estaba.
Aterrada,
de los míos separada,
preguntaba, cuándo la vería,
el sábado dijeron:
pasaron muchos sábados,
pasaron muchos días,
y ella, mi mama
no llegaba.
Era yo tan pequeña
tan sólo tres años tenía.
Se me acabó la ropa,
se convirtió en harapos,
y tampoco llevaba
mis pequeños zapatos.
Recuerdo que debía
mantener limpia
aquella casa tan grande.
Era una casa muy fría,
y el frío se hacía más crudo
por el agua del cubo
con cuyo peso no podía
y salpicaba mojando
mi cuerpo casi desnudo.
Mis pequeñas manos
a medias escurrían
el cáñamo con el que limpiaba.
Por suerte un día,
alguien desde la puerta
me llamaba,
me decía que saliera,
era mi tío Leonardo,
recuerdo el miedo,
le señalaba la puerta
para que se fuera,
porque la señora me pegaría,
mi tío no me hizo caso,
me agarró fuertemente
y salió corriendo llevándome
en sus brazos.
Qué algarabía, cuánta alegría,
al llegar a mi casa;
me sentí tan querida,
había vuelto a nacer,
recobraba mi vida.
Sé que el sábado
esperado
se hará realidad,
y ella vendrá,
y ya no cantaré llorando
como cuando era niña
aquella canción que decía:
"Ya viene el día ya viene madre..."
Habrá llegado por mí
y será para siempre,
como para siempre
está en nuestra vida.
En vida te dí mis cantos,
mis poemas mal hechos,
mis sentimientos torpes,
y tú, tu amor inmenso.
En vida me diste todo
y en vida te di las gracias
porque me transmitiste
todo lo que ahora soy
y todo lo que ahora siento
porque ésos era también
tus sentimientos.
Supe cuánto me amabas
y no bastó la vida
para amarnos
ni hace falta la muerte
para olvidarnos,
porque sólo la eternidad
podrá con el cariño
ése que dan las madres,
y que es propio de Dios
para sus hijos.
sábado, 20 de marzo de 2010
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