viernes, 19 de marzo de 2010
ALGO DE MI - Digna Amalia
Amalia suena
a algo exótico
a belleza propia
de la mujer pastusa.
Pero ella era algo más,
ella era "Digna",
si, toda ella.
Con la dignidad que da
la fuerza al ser humana,
y ser madre para todos;
algo que la naturaleza le negó
pero que supo ser siempre,
MADRE.
Desde niña aprendió a trabajar
por la necesidad
innata en ella
al nacer generosa,
a vivir para los demás,
a compartir incluyendo
la parte de ella.
Se olvidó de sí misma,
de su aspecto;
solo pensó en la fuerza
que sus manos tenían
para producir
y disfrutar de la
satisfacción que sentía
al DAR.
De todo lo que hizo
se olvidó de sacar
la parte que le correspondía.
Era Digna mi Amalia,
era hermosa,
aunque su rostro
se perdiera entre
la maraña de cabellos
que su cara cubría,
y que el sol había tostado
mostrando tan solo
los surcos
que dejan en el rostro
los gestos de la vida.
Una vida de trabajo
duro y constante,
de madrugadas,
de trasnochos.
Su añejo olor, no del tiempo,
sino de lo que siempre
sus manos hacían
y amasaban,
para dar alegría,
saboreando lo mejor
que sabía hacer
cocinar.
Una mesa une la familia,
en la mesa se hace la vida,
así amasó los sueños
que no eran los suyos,
eran los de otros,
pero que ella vivía
como propios,
era su forma de disfrutar
la vida,
haciendo que otros vivan.
Nunca pensé si estaría cansada
porque jamás lo estuvo
su mirada.
Solícita, servicial,
atenta, amorosa,
alegre y graciosa,
con el picante de sus
cuentos e historias,
del repertorio sin fin
que repetía día a día
para hacernos reír.
Así era ella, independiente
indomable,
fuerte como una leona
para defender a los suyos,
tierna y generosa
para alimentarlos,
con actitud de
madre bondadosa.
Así "mi Mayas"
como la bautizó su sobrina,
se fue detrás de su hermana;
no eran mellizas,
pero gemelas sus almas,
y si faltaba una
la otra no podía
continuar ésta vida
que compartieron juntas,
tristezas y alegrías
desde la infancia
y hasta el último día.
Alguien me dijo :
" la casa estaba tan llena",
que era imposible
llegar hasta "la Mayas"
Así murió,
como vivió
acompañada, llena de gente.
Su hermano estaba triste
porque la multitud no le
permitió llegar a ella
para verla y despedirse,
todos querían estar cerca,
querían darle gracias,
esas gracias que nunca antes dieron,
y que es mejor dar en vida.
Conmigo hizo de madre,
hizo de tía,
hizo de abuela con mis hijos,
además era mi "comadre"
madrina de la Ivoncita
como ella le llamaba,
a la que con cariño recordaba
deseando en volver a verla,
deseo que siempre acompañaba
con un largo suspiro,
perdiendo la mirada
en el infinito
como el que eleva una oración,
por un sueño
que jamás fué posible.
Hizo sobre todo, de algo
y era lo mejor que tenía,
que nadie le enseñó
y que al nacer traía;
ser "piadosa",
no con la piedad
de la santería,
sentía piedad por todos.
¿ Dónde lo aprendería ?
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