Todos hacemos política,
en la casa, en la calle,
es una forma de
relacionarnos.
Siempre andamos con
discursos sobre todo,
y sobre todas
las cosas de la vida;
y lo que es peor,
nos cremos dueños
absolutos de la palabra,
y aún más grave,
¡ de la verdad !
Si hay algo que esconde,
que hurta, que engaña,
que hiere, que descalifica,
que pisotea,
que aprovecha, para sus fines,
es el discurso político
del ambicioso,
que movido
por el ansia de poder
escala escaños
a cualquier precio,
y es lamentablemente,
éste, el que gana en las urnas.
El trepa por excelencia,
que maniobra y calcula
cada movimiento
ante su adversario;
y que llegando al poder
olvida las promesas
hechas al pueblo
que lo ha elegido,
porque no tiene
ética, valores
y mucho menos
compromiso.
Olvida la doctrina
de su partido
porque no la practica,
aprovecha el discurso
para mover al pueblo,
y el pueblo que es soberano
cree en esa palabra
que mueve masas
y encumbra a esos líderes,
falsos testigos de su fe.
Esa fe que practica
porque cree y sueña
en un mundo mejor
que nunca llega,
porque se perdió
en la esperanza
que pone ciego
en el político
de turno.
El poder obnubila
la ambición enceguese
y los que alcanzan el poder
olvidan a quién los eligió.
lunes, 1 de noviembre de 2010
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